Ilustración de @lauraamo

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Descubrimos que el enorme monstruo que no fue capaz de enfrentar cuando tenía 10 años, ahora se ha hecho viejecito. Se trata de un monstruo viejecito sin fuerzas. Incluso lleva gafas y bastón para poder andar. Es mucho más pequeño de lo que ella recordaba, la apariencia que da es de extrema fragilidad. De hecho, su monstruo, el cual nos resulta adorable, ha decorado el sótano y ahora se trata de una habitación de lo más acogedora e iluminada.

 

¿Cómo puede ser? – pregunta ella desconcertada mirando a su monstruo y mirándonos a nosotros – yo lo recuerdo perfectamente, era, era… inmenso… – hace gestos con los brazos para describirlo muy alto y ancho – él iba a devorarme… – las lágrimas corren por sus mejillas sólo de recordarlo – yo no era capaz ni de mirarlo a los ojos… y este sitio… – dice mirando a su alrededor sin entender nada – era tan oscuro, daba tanto miedo…

 

El tiempo pasa, la vida sigue y las personas no dejamos de avanzar, crecer y aprender. Todo ello nos refuerza y nos hace estar más preparados para lidiar con nuestros monstruos. Por eso, si pedimos ayuda cuando lo creemos necesario y volvemos cuando ya nos sentimos listos, el monstruo nos puede sorprender por haber perdido absolutamente todo su poder. Aquel terrible monstruo que un día encerramos en lo más profundo de nosotros, se ha transformado en un maestro. En alguien que nos hace ser quien somos. Nosotros sonreímos felices. Estos son los monstruos que más nos gustan de todos.

 

Sofía corre y abraza a su monstruito viejo con delicadeza y éste le devuelve el abrazo con ternura.

 

Me has hecho más fuerte – le confiesa ella entre lágrimas al comprender lo que ha pasado.

 

Tú ya eras fuerte Sofía… – le responde él con un hilo de voz y la sabiduría de alguien que ha vivido mucho – sólo que no aun no lo sabías – el monstruito suspira aliviado al verla sonreír y le acaricia la mejilla con su pulgar secando la última lágrima que rueda por ella.

 

Nosotros miramos la escena con los ojos anegados de la emoción y cuando Sofía está lista para despedirse de su Monstruo/Maestro, éste simplemente desaparece. Se deshace en un polvo brillante que revolotea lanzando destellos de luz por toda la habitación hasta fundirse en Sofía y hacerla, de esta forma, un poquito más fuerte de lo que era antes de bajar.

 

La habitación queda vacía, llena de luz y aprendizajes. Con recuerdos tristes pero que la hicieron ser quien es. Con momentos duros que la hicieron ser más fuerte. Con la foto de su peor monstruo convertido en su mayor maestro mirándola a los ojos con pura admiración.

 

En silencio y aún asimilando lo ocurrido, volvemos juntos al ascensor. Sofía sonríe pensando en todos los años que ha pasado evitando bajar al sótano y niega con la cabeza al darse cuenta de que temía terriblemente a un monstruo que hacía mucho tiempo había dejado de ser monstruo para ser maestro. Tenía incluso pesadillas con él, recordando el temor que no fue capaz de superar y sintiéndose pequeña y vulnerable. Ahora sube al ascensor siendo una persona nueva, más fuerte, más valiente, más segura. Y, ahora, cuando le da al botón más alto, por primera vez en toda su vida, el ascensor responde y juntos subimos y subimos y subimos…

 

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Ilustración de @lauraamo