Percibir no es solo oír, es escuchar sin juzgar, sin intervenir, sin decir.

Percibir no es solo ver, es atender, solo mirar.

Percibir no es solo oler, es leer cada aroma.

Percibir no es solo saborear, es degustar.

Percibir no es solo tocar, es descubrir un mundo de texturas.

Percibir, en definitiva, es SENTIR.

Todos, absolutamente todos, percibimos el mundo que nos rodea a través de nuestros sentidos 

¿pero todos percibimos lo mismo de igual modo?

Esta pregunta estuvo dando vueltas en mi cabeza durante mucho tiempo cuando era pequeño. Sentía curiosidad por si las personas que estaban a mi alrededor veían, olían, escuchaban, tocaban y en resumen sentían, todo lo que sentía yo; así que me puse a observar e intentar averiguar qué era lo que hacía que, estando en un mismo sitio, en un mismo tiempo y sucediendo lo mismo, nos hiciese sentir cosas tan distintas, y por consiguiente, actuar de formas distintas.

Suponiendo que todos tenemos los mismos sentidos ¿Qué era eso que filtraba nuestra percepción de las cosas? ¿Dónde se encontraba?

Pues después de mucho “investigar”, un día descubrí que no todo estaba en los sentidos, que  había algo en mi interior, que yo no veía ni controlaba, que hacía que lo que percibía afectara directamente a como yo lo sentía y a las decisiones posteriores que tomaba. Entonces es cuando empecé a preguntarme si realmente era yo quién controlaba mi vida, si realmente era yo quién tomaba decisiones, quién la creaba…

«Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón… Aquel que mira afuera, sueña. Quién mira en su interior, despierta.»

Carl Jung

 Y descubrí que dentro de mí había un mundo nuevo, invisible a mis sentidos, un mundo donde mis experiencias pasadas, mis creencias, mis juicios, mis valores, mis opiniones… tejían una red por donde la información que percibían mis sentidos era filtrada, manipulada, enturbiada… como si mis sentidos percibieran agua clara y todos mis filtros, cada uno con un color, la pintarán hasta transformarla.

De pronto, sentí paz. Paz al saber que todos los filtros los había construido yo inconscientemente, que eran míos, y que ahora que los conocía podía cambiarlos, podría, como mínimo, darme cuenta y pintar el agua del color que yo quisiera.

Y os preguntaréis ¿Por qué un arte?

Porque en el momento que eres capaz de mirar a dentro sin miedo, eres capaz de tomar conciencia de que lo que percibes y sientes en ese momento no eres tú, son tus filtros, y justo en ese instante es cuando puedes ser capaz también de cambiar tu estado de ánimo, tus emociones, tu visión sobre las cosas. Incluso ser capaz de dar espacio a otras opiniones, conocer nuevos mundos, ver nuevos colores, nuevos olores, nuevos sabores, y cambiar tu vida en pequeñas decisiones diarias momentáneas.

Cuando tomas conciencia del gran poder que tienes sobre tu pequeña vida, te sientes capaz de transformar lo único que realmente eres capaz de transformar, a ti mismo.

Para acabar el post os queremos compartir un vídeo de cómo influyen nuestras creencias y percepciones de las cosas, como por ejemplo, en la “enfermedad” más común del siglo XIX, nuestro amigo estrés.

¿Qué pasaría si nos cambiaran la creencia sobre el estrés?